Igor Astarloa, cuando las clásicas dejaron de ser inalcanzables. Flecha Valona 2003

Posted on abril 17, 2013

0


En 2003, tocamos la gloria en Las Ardenas, con Astarloa y Unai Osa (foto via cincuentaonce.com)

En 2003, tocamos la gloria en Las Ardenas, con Astarloa y Unai Osa (foto via cincuentaonce.com)

Gabriel  Álvarez- @gabialv91

¿Saben qué? Hubo un tiempo en el que los aficionados españoles al ciclismo, veíamos las clásicas de primavera como aquellos grandes espectáculos en los que e vibraba desde casa, viendo a ciclistas de todas las nacionalidades y estilos sufriendo encima de la bicicleta. Pero, pese a que eran pruebas imperdibles y espectaculares, teníamos un pequeño vacío, una pequeña espinita clavada, ninguno de los que levantaban los brazos al cruzar la linea de meta era compatriota nuestro.

Una grande, una clásica con renombre, belgas, italianos, franceses, noruegos e incluso americanos, todos habían saboreado las mieles del éxito menos nosotros. Nuestro querido Miguel Poblet, se alzó con la Milán-San Remo en 1957, y como si supiese que pasaría mucho tiempo hasta que se volviera a realizar tal gesta, decidió repetir al año siguiente. Los más viejos del lugar hablaban de esa gesta, y nosotros nos sentábamos delante del televisor para ver si conseguíamos, por lo menos ser terceros.

¿Saben otra cosa? No sería en Bélgica, era imposible que fuera en Bélgica. Ni un triste podio en ninguna de las tres clásicas de las Ardenas, y entonces llegó la Flecha Valona 2003, una grande, casi tan grande como su muro final, el de Huy, una prueba hecha para los grandes campeones, una prueba hecha para Merckx, Hinault, Jalabert, incluso para el, por aquella, vigente ganador del tour de Francia, Lance Armstrong, pero no para nosotros, o al menos no en ese momento.

Seguro que también lo saben, pero en estas pruebas nunca llega la escapada. Imposible, son pruebas de más de 200 km pero hasta los últimos 5 minutos en el ciclismo nunca pasa nada (mira que me da rabia esa frase), así que cuando en el segundo paso del muro de Huy, a más de 120 km de meta, se hizo una fuga de 15 corredores nadie se preocupó. Algunos nombres sonaban Angel Castresana, del ONCE Eroski, Christophe Moreau del Credit Agricole o Bobby Julich, del Telekom, otros no tanto, y había uno que también nos sonaba de unos días antes, ya que lo había intentado en la Amstel, Igor Astarloa.

Ese corredor que; aquel mismo año nos iba a dar una alegría, ya que cambiaría aquel maillot rojo (admitámoslo un poquito soso) del Saecco, por uno arcoiris que le sentaba como un guante; había saltado del grupo con toda la intención de ganar la carrera. Una fuga grande y además con representación de muchos equipos, lo que hizo que por detrás nadie tomara la decisión final de tirar y el grupo se fuera hasta los 3 minutos, y mucho más importante, con organización y entendimiento.

A lo mejor por entonces ya lo sabían, pero yo no entendía qué hacía un corredor de esas características en un equipo extranjero. En mi opinión el naranja del Euskaltel, que había metido a Unai Etxabarria en fuga, le hubiera quedad mucho mejor. Pero el corredor de Ermua tuvo que salir del país para poder triunfar, y fue recibido con los brazos abiertos por Giuseppe Martinelli y por Italia, donde supieron ver en él, lo que quizás no quisimos ver aquí. Y así nos lo hizo recordar al acabar la prueba:

“Cuando empezaba nadie me quiso en mi país y en Italia me abrieron la puerta del profesionalismo”

Pero no adelantemos acontecimientos. En un grupo en el que hay buen entendimiento, organización y tenacidad, siempre llega un momento, ese momento, el momento temido por todo el grupo, cuando el amigo y compañero se convierte en enemigo y rival. Pues ese instante llegó a 11 km para el final, cuando el corredor vasco saltó del grupo con un duro ataque, al igual que 120 km antes, con la intención de ganar la carrera. Se iba solo, nadie lo seguía, el hueco se hacía más y más grande, con todos sus rivales menos con uno, el vigente campeón de la montaña de la Vuelta a España, el también español Aitor Osa (Banesto). Nuevamente el entendimiento fue total, juntos hicieron camino hasta llegar al muro de Huy, donde todo había empezado.

¿Saben qué? Siempre me he preguntado en qué piensan los corredores cuando llegan a esa situación, yo me imagino que más que fuerzas para uno mismo, pedirán un poquito de menos para el rival, o quizás no, no lo sé. Lo que sí sabía en el momento en que estos dos corredores llegaron al pie de Huy, es que por fin iba a estar lleno cuando uno de los dos cruzara la meta, además doblemente lleno.

Pasaban los metros, y también los minutos, es lo bonito de este último kilómetro de la Flecha Valona, que son tres minutos de puro ciclismo. Quedaban 800 metros y seguían juntos, 700, medio kilómetros, 400, 300, 25o, y entonces nuevamente Astarloa era el que se levantaba y Aitor Osa consciente de sus fuerzas no lo intentaba. Así pues, por fin lo pude ver, además en Bélgica, en una grande, un una clásica entre las clásicas, esos dos brazos al viento por fin me llenaban por completo. La fuga completó el podio, con Alexandre Shefer kazajo del Telekom, y el Top10, aquella clásica había tenido el momento clave, a 120 kilómetros de meta.

“Sabía que era un corredor para las grandes clásicas y por fin lo he demostrado. Ahora pienso en tener una trayectoria importante. Italia es mi segunda patria y allí tengo muchos amigos. A ellos les dedico esta victoria”

Esas fueron las palabras de Astarloa al acabar la prueba. Acordándose de quienes le apoyaron, pero sobre todo reivindicándose. Clasicómano, así se definía. Quizás la trayectoria no fue todo lo brillante que esperábamos, pero esa medalla de oro nunca se nos va a olvidar, ni, por supuesto, esa primera gran clásica para España.

Tampoco se nos va a olvidar cuál fue el nombre que nos hizo tocar la gloria después de tanto tiempo en las clásicas, ya que antes de Valverde, Purito, y ahora Dani Moreno, hubo un corredor que ganó cuando nadie lo esperaba y ¿saben qué? Muchas gracias por aquello, Igor Astarloa.

Anuncios