El rosa requiere sufrimiento

Posted on mayo 3, 2013

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Adrián Monserrate Vidal – @AdriMonVid

Quizá el Tour lo puede ganar un buen contrarrelojista que pase bien la montaña. Quizá la Vuelta la puede ganar un buen escalador que consiga en la montaña la ventaja necesaria como para no preocuparse por la contrarreloj. Pero esto no sucede en el Giro. El ganador final de la maglia rosa será un hombre capaz de soportar la temible dureza de los Dolomitas, y a su vez con la suficiente potencia como para aguantar los 55 kilómetros de CRI, los 17 de CRE y los 19 de cronoescalada. En los últimos años, el Giro d’Italia ha superado notablemente a Tour y Vuelta en lo que a dureza se refiere.

Si por algo se caracteriza la corsa rosa es por ser, con diferencia, la más dura de las 3 grandes, y eso es algo que ha ido consolidando año a año. Para que esto sea así, es clave la dureza de los perfiles de las etapas y el nerviosismo presente en ellas; una etapa a priori fácil, con terreno llano y abocada al sprint, no es como las del Tour. Olvídense de 50 kilómetros de autopista para llegar a la línea de meta. Esto es Italia, y la carrera suele transcurrir por carreteritas estrechas y complicadas para rodar en grupo, donde el pelotón va a mil por hora y si no estás atento te pueden pillar con el carrito del helado.

Por no hablar de la organización, que en este tipo de etapas siempre mete alguna emboscada para los corredores, ya sea en forma de curvas peligrosas en los kilómetros finales, o en forma de vías donde el terreno es un constante sube y baja. En definitiva, las etapas “llanas” son también difíciles, si bien no tanto para el físico, si para el apartado psicológico, pues los capos del pelotón deberán aguantar un nivel muy alto de tensión y nerviosismo en los últimos kilómetros de estas etapas.

Al margen de las etapas a priori “fáciles”, tenemos las etapas de media montaña. Este tipo de etapas se suelen caracterizar por la presencia en las mismas de puertos cortos pero con grandes pendientes, tanto en la parte intermedia como en la parte final de la carrera, lo que genera un desgaste y un nivel de dureza que no está presente en el Tour o en la Vuelta. También hay etapas que cuyo perfil es un auténtico serrucho, en esta edición, la número 7. Hay innumerables cotas que aparecen en carrera desde los primeros kilómetros y que continúan durante toda la etapa. El nivel de intranquilidad en estas etapas es todavía más duro, si cabe.

Por último, están las etapas de alta montaña. Si hasta ahora la dureza venía dada un poco más por el apartado psicológico que por el físico, todo cambia aquí. Tener piernas o no, esa es la cuestión. Las etapas de montaña del Giro d’Italia durante los últimos años se han caracterizado por su extrema dureza; es habitual que los ciclistas recorran numerosos kilómetros con grandes paredes de nieve a ambos lados de la calzada, muestra de la altitud de los puertos de montaña.

En las grandes etapas del Giro d’Italia estos últimos años hay una diferencia con los puertos importantes de las otras grandes: Mientras en Tour y Vuelta lo común son puertos largos y tendidos, y puertos bastante más cortos y más duros (con excepciones), en la carrera italiana se conjugan los puertos largos con las pendientes elevadas. A menudo en el Giro los ciclistas superan puertos notablemente por encima de los 2.000 metros de altitud, y es frecuente que puertos míticos y muy duros como el Gavia, el Stelvio o el Galibier aparezcan prácticamente todos los años. El relieve de Italia permite que se encadenen puertos durísimos para hacer etapas míticas que pasarán a la historia, y eso es algo que la organización no duda. Por todo esto, el Giro se ha convertido en la más dura de las tres grandes vueltas.

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