Historias del Giro: Simoni vs Cunego

Posted on mayo 8, 2013

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Presente y futuro del ciclismo italiano enfrentados en el Giro de 2004.

Italia estuvo dividida en el Giro de 2004.

Enrique Delgado Sanz – @Delsanz

Hubo un tiempo no tan lejano en el que el Giro se lo jugaban italianos, los hombres de casa. La presencia extranjera en la península itálica era testimonial y los foráneos no acudían a discutir el reinado patrio, al contrario que ahora, donde las tropas transalpinas empujan a Nibali mientras Wiggins, Hesjedal, Samuel Sánchez, Betancur o Intxausti pretender usurpar su trono.

Antes no había buenos ni malos, sino Coppis y Bartalis. Italia se dividía por tres semanas y los chavales emulaban a sus ídolos en carreras de bicis a través de las calles de sus ciudades tras ver la etapa por televisión. La competencia era feroz, tanto en las rivalidades de los futuros ciclistas como en las de los profesionales y en 2004 tuvo lugar una de estas historias, quizá una de las más bellas por cómo se dispusieron todos los argumentos de la trama.

Giro de Italia del año 2004. Más o menos cuando Wiggins corría en Credit Agricole. Gilberto Simoni acudía su cita con la historia en la edición de ese año; la misión era conseguir su tercera Corsa Rosa y para ello se había rodeado de los mejores. Entre sus secuaces destacaban un jovencísimo Sylvester Szmyd; la perla de la cantera azzurra, Damiano Cunego o un gran Eddy Mazzoleni. El terrible ejército rojo de Saeco asustaba antes de empezar.

En el apartado de rivales destacaban otros italianos –cómo no-. Dario Cioni encabezaba al Fassa Bortolo, Stefano Garzelli presentaba sus credenciales como ganador del Giro en el año 2000 y subcampeón en 2002 y por último aparecía en las quinielas Wladimir Belli, del siempre temible Lampre. Las cartas estaban sobre la mesa pero un factor inesperado irrumpió en escena en el tercer acto.

Todo parecía ir bien, tan bien que tras la tercera etapa, con final en Pontremoli, el Saeco se llevó un doble premio. El primero de ellos muy especial, la victoria de etapa para Cunego y el segundo y más esperado, la maglia rosa para Simoni. Felicidad en la casa roja, pasaban los días y el liderato seguía en poder de su buque insigniba. Gibo sonreía, de momento.

Giro argumental

Montevergine en la octava etapa supuso un punto de inflexión. El aprendiz de campeón, Damiano Cunego, se impuso con autoridad en un técnico sprint final disputado entre los más fuertes de la Corsa Rosa por aquel entonces. El curveado final de etapa era conocido por Simoni, que perdió el rosa por obra y gracia de las bonificaciones en favor de ese jovencito rubio que les acababa de mojar la oreja en la llegada. El enemigo estaba en casa pero muchos aún tenían dudas. ¿Sería ese chavalín capaz de rebelarse contra todo un bicampeón del Giro de Italia?

Resultó que sí. La juventud se impuso a la disciplina y el ímpetu a las canas. San Vendemiano-Falzes, etapa 16. El Giro estaba para Simoni, bien colocado en la general después de que el joven díscolo Damiano soltara el liderato tres etapas atrás. Gibo esperaba servirse de esta jornada para asestarle una puñalada mortal al liderato de un sorprendente ucraniano que maravillaba por aquel entonces, Yaroslav Popovich. Todo discurría por los cauces establecidos.

El Saeco había seleccionado el pelotón y tiraba del grupo de favoritos. Restaban menos de tres kilómetros para llegar a la cima del Terento y otros nueve más de bajada hasta meta. Simoni esperaba en el segundo lugar de la fila para atacar cuando por su derecha, y como un mísil teledirigido, surgió Cunego haciendo caso omiso a las órdenes de equipo. Fue inalcanzable. El joven Damiano se exhibió aquel día. Más fuerte que el resto firmó una de las páginas más bonitas que se recuerdan en la ronda italiana. Ganó la etapa y la maglia rosa.

Cunego estaba siendo un volcán en estos días y certificó su espectacular erupción con una victoria cinco estrellas en unas de las cimas míticas del Giro de Italia, Bormio 2000, destrozando a Simoni –un poquito más- en el último kilómetro de la penúltima etapa. El veterano llegó arrastrándose a meta. Sólo quedaba por delante el paseo amargo –que terminó en exilio– por las calles de Milán para Gilberto y las mieles del éxito para Damiano, un barbilampiño veronés. El Giro era suyo y el futuro también.

general-giro-2004-final

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