Nibali mordió el anzuelo

Posted on septiembre 29, 2013

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Enrique Delgado Sanz – @Delsanz

Día de perros con agua a mares, más que un Mundial de ciclismo aquello parecía un acuario en el que peces de todos los colores luchaban sin compasión por el ansiado alimento en forma de medalla de oro.

Vincenzo Nibali, un Tiburón que corría en ‘su acuario’ era uno de ellos. Tenía un objetivo claro y marcado a fuego entre ceja y ceja, ganar. Es por ello por lo que, conocedor del hambre, tamaño y voracidad de otros ‘peces’ -especialmente españoles, suizos y belgas- reunió un ejército que surcó con mano de hierro la prueba hasta los últimos compases de la carrera. Nibali intentó eliminar con la velocidad crucero de los Scarponi, Ulissi, Visconti o Pozzato, todas las opciones de sus contendientes ¡y casi lo consigue! Cortó al ejército español, mandó para casa magullados a los más veteranos del estanque –véase Evans o Horner– y propició un cisma entre los ingleses que, pese a la lluvia familiar, no lograron ninguno finalizar el Mundial

La estrategia elaborada por un veterano capitán de navío conocido como ‘El Grillo’, ya que esto va hoy de animales, funcionaba mejor que un reloj suizo -aunque al final la maquinaria helvética llamada Cancellara naufragó-. El caos estaba sembrado y continuaba lloviendo, sin embargo los delfines del Tiburón también necesitaban descansar, salir a la superficie y respirar. Entonces bajó el ritmo y la comitiva se reagrupó bajo el agua de la Toscana.

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En ese momento se comenzaron a torcer las cosas, pensaría Nibali, que justo antes de afrontar la fase decisiva de ‘su’ Mundial dio con los huesos en el suelo. Caída dura, tras coche, reparación de la bici (para algunos maniobra legal, para otros un claro remolque) y otra vez de vuelta al ‘banco’. Todos juntos y muchos nervios.

Toque de campana y aparece España en forma de Castroviejo. El Tiburón, con los dientes afilados, bien colocado. Los españoles no habían dado buenas sensaciones pero fueron los primeros en salir a la última bala del ejército del Tiburón, que en esos momentos presenciaba como el cielo abría y los rayos de sol penetraban en el acuario. Carrera seleccionada y Nibali estaba ahí, donde su libro de ruta le indicaba. Se iba a jugar la carrera.

Entre el circuito, el desgaste y la ambición, los rivales del local se iban eliminando. Cancellara, Gilbert y Sagan no pudieron, Urán se pasó de ambicioso -al arriesgar- y lo pagó con un buen tortazo y ya solo quedaban dos españoles y un portugués. La empresa se complicaba y nadie, salvo el Tiburón quiso tomar la iniciativa -Rui Costa figuraba como convidado de piedra y Purito y Valverde corrían en tándem.

La estrategia de España resultó muy eficaz y de otro tiempo, de épocas pasadas. Un Purito Rodríguez entregado a la causa que ideó Mínguez en favor de Valverde se vació con tres ataques en las partes más duras tras 260 kilómetros en las piernas. Al primero saltó el Tiburón y al segundo, también pero vacio, por lo que Purito se marchó. Nibali no volvería a ver al catalán hasta que se cruzó con él en su mar de lágrimas particular.

Con Joaquim en el horizonte, el capo de los italianos no pudo más y presenció en butaca de oro y nácar el ataque de Rui Costa. La sorpresa rondó la cabeza del italiano cuando no vio a Valverde saltar a la rueda de su aún compañero de equipo y reciente maillot arcoíris. Nibali no entendió nada hasta el final. Había caído en la emboscada de los spagnolos -como dicen por allí-, por ello ni le lanzó el órdago a Valverde por el bronce. Al Tiburón se le había escapado el Mundial de ‘su pecera’.

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