Diez años sin cañones, islas del tesoro y ron. El legado de Pantani

Posted on febrero 14, 2014

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Enrique Delgado Sanz – @Delsanz

Ya no hay ciclistas como Marco. Para empezar, ninguno lleva pañuelo en la cabeza, quedan pocas perillas y todos llevan casco. Froome, Contador, Purito, Nibali y otros cuántos saben atacar, pero de otra forma. Ya nadie se agarra desde abajo al manillar ni aprieta los dientes antes de destrozar una carrera. Desde hace años al mar ciclista le falta su Pirata.

Tampoco hay escaladores puros, de esos que se dejan minutos, horas e incluso meses contra el crono para luego enmendar la plana cuesta arriba. No existe ya ese Tour de Francia con sólo 5,6 kilómetros contrarreloj en los 21 días, como aquel de 1998 que ganó Pantani, capaz de ser el octavo por la cola en un prólogo de Dublín para ganar el Tour sin despeinarse –los pelos de la perilla-.

marco_pantani_winNadie se atreve ya a ganar Giro y Tour en el mismo año, como ningún jefe de filas se atreve a hacer el ridículo y desmoronarse por completo cuando más se espera de él en un escenario de categoría. Pantani fue las dos cosas: héroe y villano. Cuando no se le esperaba, aparecía y cuando tenía que estar, a veces faltaba.

Probablemente su isla del tesoro particular fuera Italia, donde más le querían, donde castigó a Induráin y donde probablemente más le echen de menos, pero Francia fue otra plaza que saqueó con la misma asiduidad. Cosechó las mismas victorias en Italia que en Francia, suponemos que para no molestar a nadie, y en su casa guardan ocho victorias parciales y una general en cada país.

Pantani era querido, era particular. Jugaba a ese ciclismo de ataque y sin reservas al que han jugado, también como nadie, el Chava Jiménez –íntimo amigo y con el que ahora seguramente saldrá de fiesta, allá donde estén– o Alexandre Vinokourov.

Contador atacaba alegre, pero sin agarrarse abajo y calculando; Froome es un extraterrestre, una máquina perfecta; Wiggins tiene otras muchas cosas; Armstrong era Terminator hasta que confesó su dopaje y Quintana no cambia el semblante ni hace chirriar sus dientes cuando ataca. No son Pantani.

No se nos olvidaba decir que cuando Pantani estaba en todo lo alto, también cometía excesos –haciendo honor a su apodo- y un exceso de hematocrito en sangre le desterró del  Giro 1999 cuando lo tenía en el bolsillo. Por suerte, ahora tampoco existen escándalos de dopaje de semejante calibre. Y menos mal.

Pero bueno, con ron o sin él; con las islas del tesoro perdidas en los mapas o sin ellas y sin cañones tan potentes, el ciclismo sigue. Lo que tenemos no está mal, pero Pantani representa uno de los últimos mitos de una época en la que el ciclismo era otra cosa. No olviden al Pirata.

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